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17 de Octubre 2007

navegador de las mañanas y señora de arrugas profundas

Recibir la mañana le ponía feliz cada tercer día; los otros dos la luz cegaba sus ojos aún cerrados, nido de lagañas madrugadoras. No importaba. Se levantaba, se arreglaba, bebía algunas tazas de the negro con Ron (receta heredada de su madre) y salía a la calle. Con el poder que le transfería el asfalto, caminaba hasta la parada de autobús, donde el inexpugnable sonido de los motores de combustión interna transitando por la avenida lo llevaba al interior de sus venas, otra vía de tráfico permanentemente congestionado. Su corazón se quejaba con cada latido, pero él hacía oídos sordos y seguía esperando el camión. La escena corta con una bella elipsis de tiempo de aquellas que podría decirse tienen forma propia, tienen brillo; una elipsis de tiempo con sabor, olor, color y calor específico. Ahora está dentro del transporte público, resultando un héroe entre la gente sudorosa al ceder su asiento para una señora de edad avanzada. La señora era llamativa en cualquier caso, -pensó- definitivamente ella no había nacido en las comodidad de la ciudad. Curiosamente estaba en lo correcto.
La cámara se acerca volando a un verde y escarpado terreno; primero aparece ridículo, pero a medida que la separación entre nosotros y el suelo disminuye notamos cómo las montañas son impresionantes. Volando, entramos en un cañón y doblamos a la izquierda en la primera abertura para luego descubrir un pueblo pequeño, enclavado cual modesta garza en las profundidades de la selva. Ahí nace una niña entre tonos cafés y con sonidos silvestres. La niña nace de una madre, como toda niña que se respete, y dentro de una cabaña construida con junco. La niña llora y luego crece. La cámara se aleja infinitamente hacia el vacío del espacio y las arrugas de la cara de anciana resultan ser los escarpados cañones donde al niña creció.... ella misma vivió en su cara.
Vemos los ojos de nuestro personaje especial, aquel madrugador que no disfruta madrugar, clavados en aquellas arrugas. Por un momento sentimos su amor por las arrugas, pero de inmediato es distraído por algo más importante.
El cambio de escena nos lleva la oficina. Los papeles se comen a la gente y el jefe es una pequeña hormiga vestida con traje. La computadora respira lentamente, aunque importe poco de que se trata la película. Una office bitch se acerca a él y se le propone indecorosamente, acto seguido en Alemania oriental cae una naranja. Vemos sus ojos (los de ella y él, no los de la naranja) cruzarse en un juego digno de la peor partida de pokar jugada en la historia y luego todo se vuelve difuso.
Justo como un gas ideal.

Escrito por Rho NivonoG a las 17 de Octubre 2007 a las 08:56 AM
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